Como nadie, Jorge Mañach logra describir en su libro «Martí el Apóstol» detalles de la vida de nuestro Héroe Nacional José Martí Pérez.

Ponemos hoy a disposición de los lectores fragmantos dedicados a la niñez de Martí, donde se explican los detalles de la formación del más grande de los cubanos.

LOS PADRES

Cuando, a fines de 1850, el general Concha se hizo cargo de la gobernación de la isla, «con facultades de jefe de plaza sitiada», no ocultó a Madrid sus aprensiones, e hizo venir de la Península cuatro batallones, cuatro escuadrones y una batería artillera.

El sargento Mariano Martí llegó adscrito a esta Arma. Era un valenciano robusto y no menguado de talla, con facciones algo duras y perilla a lo Narváez. Se había endurecido de mozo al sol de la Huerta, cargando pacas de cáñamo para la cordelería de su padre. Las quintas le sacaron de la mesa de trenzar, y esta experiencia en hilos más burdos le facilitó el aprendizaje de sastre de cuartel —tarea demasiado mansa, sin embargo, para un hombre de ademán brusco y de aire mandón—. Cuando su compañía fue trasladada a Cuba, esas dotes naturales del valenciano le habían ya ganado los galones de cabo. El traslado le valió el ascenso al grado inmediato, con que se compensaban los peligros de América.

A los dos años escasos de llegar, andaba ya el sargento Martí tan adelantado en el proceso del aplatanamiento, que gustaba de irse los domingos a los bailes sabrosos del Escauriza y del café de la Bola. Con su limpísimo dril de gala y su aire marcial no hacía mala figura entre el lento revuelo de los miriñaques. Todavía asistían a aquellos bailes las señoritas decentes del comercio y de la artesanía, y un observador perspicaz hubiera advertido que en el atavío de las criollas se mostraba ya cierta preferencia por el azul y el punzó, los colores de la bandera de Narciso López.

En uno de los bailes conoció el sargento a una isleña veinteañera, guapa moza de «talle de avispa», bucles negrísimos y una gracia vagamente chinesca en el alto pómulo y en los ojos, algo prendidos hacia la sien. Uno de ellos —¡ay!— mostrábase ligeramente empañado por una nube. Pero al militar debió de parecerle linda nubecilla de primavera, pues entre paseos, cadenas y sostenidos, fue madurando un idilio que paró en casorio a los pocos meses. Ni era mal partido Leonor Pérez. Aunque en Santa Cruz de Tenerife la familia disfrutaba ya de algún acomodo, el padre había resuelto venir a Cuba a mejorar fortuna, y la encontró sin demora, pues a poco de llegar le tocó un premio de lotería.

La pareja se instaló en una casita modesta de la calle de Paula, por donde la muralla se asomaba al puerto. Allí, en la madrugada del 28 de enero de 1853, le nació un varón, a quien el capellán del regimiento paterno dio por nombre José Julián.

No se necesitaban en Cuba militares de salón, sino soldados de fibra que supieran tenérselas tiesas con el criollo levantisco. Mariano Martí era de ese temple. Si no sobrado de inteligencia ni de instrucción —él y sus nueve hermanos apenas conocieron más escuela que la cordelería del padre—, abundaba en ciertas cualidades primarias de militar: lealtad, energía, facha y una prontitud algo brutal para el enojo. Así, no es extraño que en febrero de 1885, justamente por los días en que se declaraba la isla en estado de sitio y de bloqueo y se creaban milicias voluntarias, Martí era promovido a subteniente graduado de Infantería.

Pero en realidad otras eran ya sus preferencias. El áspero militarote tenía sus blanduras, como cualquier hijo de vecino, y se puede decir que no le habían dejado disfrutar en paz su matrimonio ni estrenar con sosiego la paternidad. Al general Concha los dedos se le volvían huéspedes. Como si fueran pocos los preparativos expedicionarios que sin cesar hacían los cubanos en los Estados Unidos, acababa ahora de ahogar en sangre una conspiración interna en que apareciera comprometido el opulento catalán don Ramón Pintó, íntimo del propio general, a cuya tertulia asistía casi diariamente. Muy receloso habían dejado a Concha estos sucesos. Todos los cuidados y aprestos de fuerza le parecían pocos. Y como el alistamiento de voluntarios para la defensa de las ciudades permitía disponer más libremente de las fuerzas regulares, éstas se veían sometidas a incesantes prácticas y traslados, muy a disgusto del teniente Martí, en quien la satisfacción del ascenso no había logrado contrarrestar el deseo de sedentariedad que le iba ganando con los años y los hijos.

Al primogénito había seguido una niña, Leonor, logro mimado de la feminidad en que siempre prefieren retoñar los padres. Un día, ya el teniente no pudo más, y al volver, bastante maltrecho, de unas maniobras teóricas en la región de Matanzas, le anunció a su mujer que se iba a dar de baja en el Ejército.

Fue un paso aventurado. Sobrevinieron meses de estrechez, casi de penuria. Al año de licenciamiento, algo curado ya de sus ansias hogareñas, solicitó Martí plaza de aventajado en el Cuerpo de Carabineros, sin duda por ser ésta una milicia con ribetes de domesticidad. Fracasada la pretensión, insistió en procurarse algún oficio más o menos uniformado y no demasiado exigente. Se le ocurrió que el de policía no le vendría mal. Precisamente el capitán general acababa de efectuar la reforma del Cuerpo, proveyendo a la debida retribución de sus miembros, de modo que éstos ya no tuvieran que vivir, como antes, esquilmando mercaderes, libertos y rameras. La Jefatura Superior informó que Mariano Martí y Navarro «gozaba» de buena conducta y bastante robustez, y que «no constaba nada que le perjudicase», con lo cual logró verse nombrado celador en el barrio del Templete.

¿Qué vientos de fortuna le soplaron al celador durante ese invierno del 56 al 57? En mayo pidió separación de su destino, alegando «hallarse enfermo y pasar a curarse a la Península». Un viaje semejante por aquella época no era menuda empresa, y menos para un celador de Policía gravado por una mujer y tres hijos. Pero acaso un premio de lotería había vuelto a caer en la familia, o tal vez había muerto el suegro isleño. Lo cierto es que Martí no halló mejor empleo para sus dineros que el irse, con prole y mujer, a visitar en Valencia al padre viejo, que había enviudado y vuelto a casar.

La estancia en la Península fue breve. A doña Leonor le salieron sabañones en las manos, le nació una niña y, posiblemente, no congenió con la familia del marido. Todo lo cual hizo que apremiara mucho por volver a su comodidad habanera. Apenas de regreso, don Mariano solicita nuevamente una plaza de celador. Mucho deben pesar sus «seis años, seis meses y diez días de efectivo servicio en la honrosa carrera de las armas de S. M.», pues también esta vez se le atiende favorablemente, destinándosele a la celaduría del barrio de Santa Clara.

A don Mariano le agrada este barrio viejo de intramuros. No tiene los humos oficiales y palaciegos del Templete, pero es animado, ameno, serio. Lo comercial y lo marinero aún no han desplazado a lo señor. A la casona hidalga se entra, a menudo, por la nave de un almacén entongada de sacos. La factoría aún no siente el rubor de su fortuna.

Ese almacenista enriquecido ostenta un título nobiliario, un palco en Tacón y un hijo criollo que conspira. El barrio tiene un sabroso olor a mar y a ultramarinos. Lo transitan marineros, negras con la cabeza vendada de colores chillones, volantas, curiales de chistera y levitín de alpaca. Y cuenta con una escuela pública, a la cual ya don Mariano tiene pensado mandar a su hijo, que ha cumplido los siete años y muestra una curiosidad insaciable.

Pronto, sin embargo, comienza a nublarse la estrella y, por, consiguiente, el humor del valenciano. Ha traspuesto ya la cuarentena. No le estorba aún el asma para la normalidad de recorrer muy tieso, con su bastón de mando y su pareja de salvaguardias, las estrechas calles entoldadas. Pero cuando tiene que dirimir una pendencia de placeros o dar caza al autor de una fechoría, don Mariano se agita y se abandona un poco.

Además, su espíritu expeditivo de ex soldado no se aviene a ciertas finezas curiales de procedimiento. El comisario le reprende un día por no haber instruido oportunamente la sumaria, ni recogido el cuerpo del delito, en ocasión en que un liberto ha robado nada menos que seis cajas de champaña. Otra vez omite recibirle declaración a un cochero de casa rica que acaba de ser envenenado, y el jefe superior de Policía se considera en el caso de informar al gobernador político que, «si bien es verdad que en esta Jefatura no consta nada que perjudique la conducta del ya citado celador de Santa Clara, también lo es que su limitada capacidad y poca aptitud está demostrada en la presente ocurrencia y en otras anteriores».

Pero la falta más grave —por la categoría de quien directamente la sufrió— fue la cometida por el malaventurado policía un mes después, al producirse un vulgar conflicto de tránsito entre un carretón y el quitrín de una rica dama. Requerido el celador para discernir la prioridad del paso, actuó, según la denuncia de la señora, «de una manera que armoniza muy poco con el carácter y la hidalguía española», pues «comprendiendo que no era posible llevar a cabo el deseo del carretonero, que cejara el caballo que tiraba del carruaje de la exponente, le arremetió, bastón en mano, y descargó sobre el pobre animal golpes tan furibundos, que violentado éste por la solidez de la argumentación, al fin cejó; pero fue con grave riesgo de los circunstantes, de la exponente misma, y no sin despedazar la concha del carruaje».

Invocaba la querella tan solemnes consideraciones sobre el orden social y los «principios de justicia y moralidad», que el gobernador no pudo menos que atenderla, máxime viniendo firmada por una dama que se llamaba doña Adelaida de Villalonga, y que, a juzgar por el tufillo polémico y doctrinal del alegato, debía de ser de la más rancia criollidad. Ya hacía varios meses que el general Concha había sido relevado, y su sucesor, el general Serrano, casado con una criolla, había iniciado una política de halagos a la sensitiva aristocracia del país.

Don Mariano fue separado del cargo, y su aspiración subsiguiente a una Capitanía de partido se vio frustrada por la memoria oficial de aquel percance y de «otras faltas de no menos consideración…, que no parecen intencionadas, sino efecto de su limitada capacidad y falta de buenos modales…»

Por lo demás —añadía piadosamente el informe—, Martí «gozaba el concepto de honrado, y por tal lo tiene el que suscribe».

La cesantía agrava considerablemente el humor de don Mariano y la situación de la familia, que apenas comenzaba a reponerse de los estragos del viaje a España.

Siempre había sido en el valenciano un hábito la extrema pulcritud personal, y le avergüenza e indigna ahora verse llegar a casa todas las tardes con el traje cada vez más sucio y deteriorado, después de haber caminado toda La Habana buscando trabajo. Hay frecuentes desahogos de denuestos en la casita humilde, y si los curiosos vecinos pudieran, así como escuchan, mirar, verían que doña Leonor mece demasiado bruscamente a la niña, mientras el padre, con el ceño hosco, pasea a grandes trancos el comedor, lleno de moscas y de trémulos reflejos multicolores.

En estos momentos, si el varón ha vuelto ya de la escuela, se acerca a la madre y la acaricia con tímida gravedad. Tiene siete años nada más, delgaducho el cuerpo, la cabeza demasiado grande. En silencio, va a sentarse a la puerta del patio, bajo el lindo abanico de vidrios de colores, y hace que escribe en su pedazo de pizarra.

Estas escenas se repiten durante semanas, meses. No faltan días en que el ambiente se despeja un poco. Don Mariano, que está moviendo influencias, vuelve de la calle con alguna promesa de trabajo, alguna esperanza de su compadre Arazoza. Otras veces es algo más concreto: una comisión en un remate de paños de la calle de la Muralla, o en la venta de un bozal.

En la zafra, sobre todo, suele mejorar la situación. Hace el padre algún viaje al interior de la isla —a la Vuelta de Abajo, a las Villas—. Burlando la escuela, lleva a menudo consigo a su hijo para que vaya aprendiendo algo útil. En los trayectos morosos del tren, y más frecuentemente a la grupa de algún arrenquín, el niño le hace preguntas incesantes sobre todo lo que ve. Unas veces don Mariano es cortante; otras le toma la barbilla con una caricia breve y brusca.

Por la primavera Pepe llega a su casa una tarde, todo empapado de un aguacero de mayo y temeroso de la reprimenda inevitable. Al entrar, ve a su padre de espaldas a la puerta del patio mirando cómo las gotas chispean rabiosamente sobre el enlosado. Doña Leonor está muy afanada recogiendo cosas, haciendo bultos. Se oye la voz del padre, en una arenga jovial a la lluvia: «¡Agua! ¡Agua, que se quema la fragua!»

Doña Leonor informa a su hijo, con un profundo descenso en la voz, que al padre lo acaban de nombrar capitán de partido en el Hanábana. «Tendrás que ir con él a ayudarle, hijo, ahora que vienen las vacaciones.»

El capitán de partido no tiene mucho que hacer en el Hanábana. Es una comarca de tierra cañera, en la jurisdicción de Matanzas, poco propicia para correrías de montunos: zona de sitios, fincas y gente pacífica. El trabajo se reduce a hacer bien ostensible la presencia de la autoridad embastonada, a asistir preventivamente los domingos a las lidias de gallos, que caldean los ánimos, y a reprimir alguna que otra querella de guateque o de mal aguardiente.

No faltan, sin embargo, papeles que llenar en la Capitanía. Desde el tiempo de Concha, el expedienteo impera en Cuba de acuerdo con las más ilustres tradiciones peninsulares.

Y aunque don Mariano, como ya sabemos, no es nada adicto a tales formalidades, está escarmontado de omisiones. Y Pepe tiene una caligrafía excelente.

Acaba de terminar, en efecto, las primeras letras. En la escuelita de barrio sus castigos no han pasado de tirones de orejas —un verdadero privilegio, en consideración a su precoz aptitud para recitar odas al Dos de Mayo, poemas de Tula Avellanada por los días en que la coronaron en Tacón, y cuartetas laudatorias en el onomástico del maestro—. Siempre ha sido el alumno que el dómine ha examinado, con un aire casual, cuando se presentaba inopinadamente algún miembro inspector de la Sociedad Económica.

Ya no tienen más que enseñarle en la escuela, y doña Leonor ha pensado que en el otoño el chico irá, si Dios quiere, a San Anacleto , el colegio particular tan recomendado.

 

Pasaron, sin embargo, las vacaciones, y el capitán no se resuelve a prescindir de su amanuense. Doña Leonor, que se ha quedado viviendo en La Habana, escribe largas cartas sin ortografía, sobre la necesidad de la instrucción. Pero don Mariano no tiene en mucho la opinión de las mujeres. Alguien ha de cuidarle a él, en aquella soledad de manigua, cuando el asma le toma, o en caso de algún accidente, como esa caída que sufrió cuando la inundación que le ha dejado una pierna renqueante.

Pepe se muestra neutral, y hay que convenir en que no parece sentir gran nostalgia de la ciudad. Le escribe a su madre:

…todo mi cuidado se pone en cuidar mucho mi caballo y engordarlo como un puerco cebón; ahora le estoy enseñando a caminar enfrenado para que marche bonito; todas las tardes lo monto y paseo en él; cada día cría más brío. Todavía tengo otra cosa en que entretenerme y pasar el tiempo: la cosa que le digo es un Gallo Fino que me ha regalado don Lucas de Sotolongo; es muy bonito y papá lo cuida mucho; ahora papá anda buscando quien le corte la cresta y me lo arregle para pelearlo este año, y dice que es un gallo que vale más de dos onzas.

En su caballo cebado Pepe recorre a menudo con su padre toda la comarca. Por las noches, en el colgadizo de la Capitanía, mientras el padre fuma en silencio su veguero, el niño, reclinado hacia atrás en un taburete, mira los juegos de fulguraciones en el cielo estrellado. Las palmeras montan su centinela sobre el paisaje oscuro, cabeceando suavemente sus penachos. Algunas noches le estremece el siseo brusco y espaciado de los grillos en el manigual. Parece un llamamiento…

Por Pascuas obtiene el capitán licencia para venir a pasar la Nochebuena a La Habana. Él y Pepe llegan cargados de caña y de raspadura.

Doña Leonor aprovecha la magnanimidad de los días de aguinaldo para que su marido se avenga a dejar a Pepe en la capital y a matricularlo en San Anacleto.

Va a cumplir pronto los diez años. Los meses pasados en el campo, lejos de la falda materna y entregado a tareas y licencias de hombrecito, le han fomentado mucho la independencia nativa. Al director de San Anacleto, don Rafael Sixto Casado, le sorprenden la mirada alta y el desenvuelto ademán de aquel niño pobremente vestido que, frente a su mesa de despacho, suple con lenguaje seguro los balbuceos de la presentación materna, y se muestra tan confiado en su aptitud para recuperar los tres meses perdidos.

En efecto, al mes escaso, José Julián Martí ha desbancado a los primeros en todas las clases. Al principio esta celeridad le granjea la inquina de sus compañeros. Pero él va desarrollando toda una técnica de captación. En el aula halla modos delicados de hacerse perdonar su excelencia: entre otros, el de ser muy generoso y oportuno en los soplos. A la hora del recreo muestra un verdadero lujo de iniciativas. Poco a poco, la hostilidad de los compañeros se va disipando.

Pero el que más se ha aficionado a él es Fermín Valdés, aproximadamente de su misma edad, espigado, de ojos saltones. Como es niño de casa rica, Pepe, siempre algo consciente de su propio traje raído, se ha mostrado sobrio hacia él. Fermín no ha recatado su empeño por vencer el desvío. Le ha hecho pequeños favores, le ha ofrecido reiteradamente parte de su merienda. Han acabado por hacerse grandes amigos. Por las tardes salen juntos con el esclavo negro que pasa a recoger a Fermín. Van a jugar a la azotea de la casa de éste o al Campo de Marte, donde suele haber ejercicios de tropa. Otras veces acuden al puerto a ver los últimos buques federados que han escapado al bloqueo. Las peripecias de la guerra de Secesión en los Estados Unidos les apasionan, sobre todo desde que Fermín se siente confederado y Pepe —ganado por La cabaña del tío Tom — federal.

En el otoño don Mariano insiste en que su hijo, a juzgar por las celebraciones que de él hacen los maestros, sabe ya bastante y no necesita volver a San Anacleto. En vano protesta doña Leonor, arguyendo que es el compadre Arazoza quien paga las matrículas. El capitán se presenta de improviso en La Habana y carga Pepe para el campo. A escondidas el muchacho ha metido unos libros en la maleta.

Pero la misma severidad de don Mariano tiene un desdoblamiento de honradez que ayuda a Pepe. Por su falta de acomodamiento a ciertos desembarcos clandestinos de negros, en que el teniente gobernador está interesado, esa superioridad pida y obtiene, sin expediente, la separación de Martí, sustituyéndole con su antecesor, hombre plegadizo. Don Mariano se ve de nuevo al garete. Uno de los tumbos le lleva a Honduras Británica, y a Pepe con él.

Años después visitará a éste el recuerdo borroso de aquel primer contacto con paisajes y costumbres extraños: imágenes selva, de indios descalzos y silenciosos, de una colonia patriarcal en que el trabajo era como un sacramento. El recuerdo, en fin, de un mundo sin pecado.

La forja del más grande de los cubanos

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