Dr. MV. Luis Emilio Ruíz Esponda

Profesor de Anatomía del Dpto. de Medicina Veterinaria de la UNISS

La historia de las ciencias médicas y, en especial, de la Anatomía, se vincula con el propio desarrollo del hombre. La Anatomía es la ciencia que estudia la morfología del cuerpo, dedicándose principalmente al estudio de las estructuras macroscópicas del cuerpo.

Encarar una historia de la anatomía, en principio, implica una ardua tarea. No obstante, es necesario realizarla para poder comprender el modo en que el hombre ha sobrevivido en la tierra hasta nuestros días. Por otro parte, no es posible incursionar en una ciencia si no se conoce su historia. Por eso pretendo trasladar algunos hechos ¨truculentos y macabros¨ de los orígenes de la Anatomía de nuestros tiempos.

Cuando a finales de la Edad Media comenzó a flexibilizarse la prohibición eclesiástica para diseccionar cuerpos humanos, los médicos de la época empezaron a introducirse tímidamente en una práctica que aceleraría la posibilidad de acceso al conocimiento anatómico. Desde 1400 se realizaron disecciones en privado ante grupos selectos de estudiantes, y a finales del siglo XIV y principios del siglo XV, se comenzaron a incluir dentro de planes de estudios de algunas universidades, por lo que la asistencia de los estudiantes se hizo obligatoria.

Avancemos un poco en el tiempo y situémonos en la vieja Europa, durante la época en que ya la Iglesia permitía a los cirujanos y médicos la disección de cadáveres y su preparación con fines museables y docentes, donde existieron personajes que, llevados por un espíritu macabro y asesino de investigación, perpetraron hechos famosos en nombre de esta ciencia, a la vez que constituía un negocio seguro la venta de cadáveres para su estudio a hospitales, colegios médicos y museos. Los traficantes de cadáveres estaban organizados en bandas siendo la más famosa la “Brigada del Baronet”; era sabido que con ellos se ganaba muchísimo dinero por ello estas “bandas” se convirtieron en “racket¨ (sociedad de delincuentes en lucha) superando en delincuencia a la ciudad de Chicago.

Vamos a ocuparnos de relatar algunos de los episodios más sobresalientes de estos mentados acontecimientos:

Situémonos en Glasgow, en el año 1814. Los personajes son una señora adinerada de apellido Mac Allister, el Dr. Granville Sharp Patinson, James Alexander y John Clerk.

La señora Mac Allister falleció, fue sepultada, y su sepultura permaneció custodiada. A los pocos días comenzó a correr la noticia de que su cuerpo había desaparecido. Al confirmarse ese hecho, desde un primer momento, se apuntó al ¨Anatomical Den Collage Street¨, perteneciente al Dr. Pattinson.

La policía hizo el primer reconocimiento, pero no encontró ninguna prueba. En ese momento, hizo su aparición el dentista James Alexander quien le aconsejó a la policía que inspeccionara un recipiente de agua que se encontraba en uno de los rincones. Al hacerlo, encontraron dedos de una mano (uno de ellos con la huella de un anillo) y una dentadura. El dentista intervino y dijo que era amigo íntimo de la dama y la conocía muy bien. Como ella estaba casada, llevaba un anillo. Luego, al mirar la dentadura dijo que era de la señora, ya que se la había hecho él. Tras una inspección del local, encontraron un escondite detrás de una puerta camuflada. Allí encontraron varios cuerpos. Entre ellos, había un torso que se le adjudicaba a la difunta.

Dicha causa se juzgó en el Alto Tribunal de Edimburgo el 6 de junio de 1814. El juicio se llevó a cabo a puertas cerradas. Al final del mismo, uno de los dos defensores de la parte acusada, el Dr. Clerk, solicitó a los peritos médicos que subieran al estrado para examinar el torso en cuestión. Luego de que estos realizaron a conciencia la inspección correspondiente, el defensor les preguntó si la señora Mac Allister era casada y si había tenido hijos. Todos dijeron que sí. Entonces, les preguntó a los médicos si podían decir si ese torso pertenecía a una mujer multípara. A eso, los peritos le contestaron que el torso en cuestión pertenecía a una virgen. El Dr. Pattinson fue liberado, sin culpa y cargo. Luego, de ser absuelto, se radicó en Estados Unidos para ejercer como profesor. Más tarde, regresó a Glasgow.

El siguiente episodio, que vamos a denominar “El Pozo de la Muerte”, sucedió en Londres en 1831; los personajes son los “tres Johns” (2): John Bishop, John Head y John May, el Director del Hospital Mr. Partridge, el profesor Mayo y el portero.

La víctima era un pequeño jovencito, el cantante italiano Carlo Ferrari. El “modus operandi” de esta “banda” consistía en llevar a sus víctimas a una casa que tenían en la vecindad donde habitaba Bishop y darles una bebida, mezcla de ron y láudano, hasta que perdieran el conocimiento. Luego los desnudaban, les ataban una cuerda en el tobillo y en la cabeza, y los colgaban en un pozo muy hondo que tenían en el jardín. Una vez en la casa de Bishop, a Carlo Ferrari le dieron de beber su concebida “medicina” y luego cerveza. Entonces, una vez dormido, lo trasladaron al pozo del jardín. Al bajarlo sufrió traumatismos. Finalmente, cumplen con su cometido, valiéndose de la “regla de oro” que implicaba que se enteraban que había fallecido cuando el agua dejaba de agitarse.

Allí lo dejaron. Mientras tanto, uno de ellos dio un paseo, bebió una copa y luego se durmió tranquilamente.

El siguiente paso consistía en visitar las salas de disecciones para arreglar la venta de la “mercancía”. Primeramente, el cuerpo del infortunado fue ofrecido en venta al “Guys Hospital”, en donde no hubo negocio. Sin embargo, en el “Kings College Hospital” se le cotizó en trece guineas, pero finalmente se cerró el trato en nueve. Al ver el cuerpo que se encontraba golpeado, con heridas en la frente y en la boca, el portero Hill sospechó que se había tratado de un juego sucio, por lo tanto, puso reparos. May, que se encontraba borracho y estaba muy furioso por la rebaja del precioso, le contestó: ¨¡A ti qué te importa este cochino negocio!¨. Luego Hill corrió rápidamente a comunicarle el hecho a Mr. Patridge, Director del Hospital. Este pidió inmediatamente la autopsia, que fue realizada por el profesor Tumayo. En plena tarea, el profesor exclamó: “¡Por Júpiter! El muchacho murió de muerte natural!”. Pero, al hacerle el examen de raquis, dijo: “¡Por Júpiter! El chico ha sido asesinado!”.

Los “Tres Johns” fueron investigados por la justicia. Ante la evidencia, Bishop declaró su autoría; pero además se hizo responsable de la muerte de por lo menos sesenta personas; entre ellas, la viuda Fany o Frances Pigburn, que fue invitada a la casa de Bishop cuando se encontraba frente a una iglesia con su nietecito de 4 o 5 años.

Bishop y Head fueron ahorcados el 31 de diciembre de 1831, ante una multitud de 30000 curiosos que presenciaron el espectáculo desde las ventanas que habían alquilado por 10 libras esterlinas. El cadáver de Bishop se envió para su disección al “Kings Colege Hospital”; en cambio, el de Head, al “St. Bartholomew”. La pena de May fue conmutada por el destierro perpetuo.

Siguiendo nuestro relato, titularemos el próximo caso: “La Bondad Personificada”, ya que tiene características psicológicas.

En primer lugar, vamos a presentar a Elizabeth Ross, alias “La Pellejera”, y a Catherine Walsh como la víctima. La “pellejera” era una habitante de Londres, oriunda de Irlanda. Por esos tiempos, había en Londres una digna señora llamada Catherine Walsh, de 65 años de edad, que vendía baratijas por las calles del barrio. Su único pariente era su nieta, la señora Baton, a la que no quería causar molestias con su presencia. La “pellejera” día tras día trataba de lograr su confianza y amistad; se interesaba por su salud, le hacía obsequios traducidos en alimento y abrigo, que Catherine rechazaba cortesmente ya que con lo que ganaba le bastaba para vivir.

Tales circunstancias a la “pellejera” le “partían el alma”; por eso le ofreció alojamiento en su casa, en su propia habitación, ubicada en la calle Goodmans

Yard. Para convencerla de convivir en su domicilio, terminó diciéndole: “Señora Walsh, el chelín que usted gana, se lo acepto en plan de colaboración porque yo también soy pobre. Sobre todas las cosas, usted tendrá en mí una hermana y una amiga que no se paga con nada”.

Ante tal propuesta la señora Walsh se ablandó, al ver que también ella podría ser útil. Por eso, finalmente, terminó aceptando la propuesta. Cuando llegó a la casa, se encontró con el marido, llamado Edward Cook, que era “resurreccionista”. También estaba el hijo de ambos, un niño de 11 años. Al rato, la señora Walsh, abrumada por un inexplicable sopor, se sentó al borde de la cama y allí fue asfixiada por la ¨pellejera”, bajo la atónita mirada del niño.

Esa noche, el niño no pudo conciliar el sueño. De pronto, sintió un ruido en el patio. La curiosidad lo hizo arrimarse hacia la sucia ventana. Fue ahí cuando observó a su madre portando un enorme saco en su espalda.

Entretanto, la nieta de la señora Walsh, comenzó a preocuparse por el paradero de su abuelita y emprendió su búsqueda. Los vecinos la encaminaron a la calle Goodmans Yard, pero allí negaron todo. Pasaron los días y, como no tenía noticias, decidió dar parte a la policía; aunque fue ella la que resolvió el caso. La “pellejera” fue apresada y confesó su crimen. Fue ejecutada el 8 de enero de 1832. Sus últimas palabras fueron: “Dejé mi país para que mi propio hijo me envíe al patíbulo”.

Ahora nos ocuparemos de uno de los casos de mayor trascendencia. Este hecho puede titularse la Sociedad de “Los dos Williams”. La fecha en la que suceden los hechos fue el 29 de noviembre de 1827. La sociedad está conformada por los dos Williams y sus respectivas compañeras.

El primero es William Burke, de origen irlandés. Este abandonó a su esposa con sus 7 hijos y emigró a Escocia. Burke había hecho pareja con Helena Mc Dougal. El segundo es William Hare, también irlandés. Estaba casado con la viuda Margaret Liard. Ambos habían llegado a Londres en busca de fortuna y  de un mejor pasar. Por cosas del destino, las dos parejas trabaron una gran amistad.

Margaret Liard se destacaba por ser una mujer lista; aunque los cuatro eran unos grandes bebedores. Margaret regenteaba una indigente pensión llamada “Tener’s Close”; un albergue frecuentado por vagabundos y prostitutas retiradas. En cambio, Burke y su pareja ayudaban en el manejo de la casa. Quiso la desgracia que en dicha casa se encontrara viviendo un viejo oficial del ejército, apellidado Donald. Este murió sin haber cobrado su jubilación y dejando una gran deuda sin abonar de cuatro libras esterlinas.

La parroquia se tuvo que hacer cargo de su cadáver. Su encargado lo colocó en un ataúd, pero no lo retiró. Hare, que no sabía cómo cobrarse la deuda, le comentó a Burke que los “Sabios Carniceros” compraban cadáveres. Cuando el funerario vino a buscar el cadáver, el ataúd estaba lleno de piedras; ya que el cuerpo del oficial había sido sacado y depositado en otro lugar.

Los Williams habían buscado un comprador. Para ello primero tenían que saber la dirección de la “Casa del Crimen”, que era como se la denominaba, en donde ejercía el Doctor Robert Knox, dato que le había facilitado un estudiante de su Escuela. Knox se desempeñaba como Instructor de Anatomía, considerándose como el más prestigioso de Edimburgo. El había heredado la Escuela de Anatomía de Barclay. Generalmente, al referirse al acopio de material cadavérico, Knox aseguraba que su escuela “tenía siempre bien puesta la mesa”. Además, tenía el mérito de que en dicha escuela se formaron grandes cirujanos.

Esa misma noche, los Williams entregaron el cuerpo del desgraciado oficial Donald al doctor Knox. Desde ese momento, se inició regularmente la sociedad Burke & Hare. Finalmente, estos recibieron en pago una suma de dinero que duplicaba la deuda. Este hecho animó a los socios.

Pero ellos fueron mucho más lejos. Así fue como nació el “Burkismo”. Su “modus operandi” consistía en emplear un método sencillo, pero eficaz, que comenzaba en reclutar gente miserable, llevarlos a su pocilga, para emborracharlos y, luego, asfixiarlos por la fuerza. Este método fue inaugurado con José, el molinero, quien había sido un huésped que se encontraba postrado y condenado a morir. Los socios no encontraron mejor idea que acortarle su agonía; para ello, lo sofocaron y vendieron su cuerpo por diez libras esterlinas.

Sobre Robert Knox diremos que fue injustamente acusado de complicidad. Si bien demostró su inocencia y fue absuelto, se vio difamado por el pueblo; por consiguiente, su prestigio cayó enormemente.

La próxima víctima de la lista fue un inglés anónimo que vendía maderas usadas de Edimburgo y que manifestaba una ictericia.  

Así siguieron sucediéndose los hechos. Cierta mañana Burke había salido a tomar unas copas. De pronto, vio que dos policías arrastraban a una borracha hacia la comisaría. Presentándose les dijo: “Déjenla. Yo sé dónde vive. La llevaré a su casa¨. Sin embargo, como imaginamos, al anochecer, la pobre mujer ya había pasado a ser propiedad del Dr. Knox.

Una vez atrajo hacia su establo a la vieja Effie, recolectora de carbón. Allí la emborrachó y la ahogó. Como dijimos, la señora de Hare era la más lúcida. A ella se le había ocurrido la idea de convertir a la compañera de Burke en “mercancía”, pero esta idea no prosperó.

En otra oportunidad, Helena Mc Dougal recibió la visita de un pariente al que recibió con los brazos abiertos. Le sirvió todo el whisky que pudo tornar y lo sofocó ella misma.

La lista continúa. Por ejemplo, Mary Haldane, una vieja y robusta prostituta callejera, que nunca rechazó una copa, también murió a manos de ellos y terminó en la escuela de disección. Al poco tiempo, apareció su hija, Peggy Haldane. Ella fue mal recibida por Margaret; aunque luego salió Hare para decirle que era verdad que su madre había estado allí, pero que ya se había ido. En son de amistad, le ofreció una copa y así fue una más de las víctimas. Peggy se emborrachó a tal extremo que le fue muy fácil a Burke colocarla hacia abajo para oprimirla hasta que dejara de respirar. Así fue cómo madre e hija que, en vida, habían comerciado en las mismas calles, volvieron a juntarse sobre la misma mesa de disección.

Una vez Burke estuvo a punto de hacer pasar al “castillo de la inmortalidad” a un viejo solitario, cuando lo saludó una voluminosa irlandesa que iba en la búsqueda de unos amigos cuya dirección ignoraba. Ella estaba acompañada por su nieto, un niño que era mudo de nacimiento. Burke se despidió del anciano para informarle a su compatriota que ¨conocía¨ el paradero de la gente que buscaba. La irlandesa lo siguió a su casa alegremente y compartió una botella de bebida; mientras las dos mujeres de la casa entretenían al niño. La abuela bebió hasta que anuló su poder de resistencia; momento en el que recibió el “tratamiento de rigor”. A la mañana siguiente, al quedar el niño solo y asustado, y sabiendo que el chico no podía gritar, Burke le rompió la columna vertebral, empleando sus rodillas.

A Helena Mc Dougal se le encomendó que atrajera a la casa a un famoso borracho que vendía sal y alcanfor, llamado Abigaíl. Luego, cuando este se hizo presente, Hare y su señora lo invitaron a tomar una copa. Así fue como llegó a la Plaza de los “cirujanos carniceros”. Su desaparición originó comentarios de los vecinos.

Así estaban las cosas.

En Edimburgo todo el mundo conocía a Jaime Wilson, un muchacho de 18 años que andaba siempre por las calles y cuyo único vicio era el rapé. El era “inocente”, pero no imbécil. Le molestaba que lo llamaran “Jaime el Bobo” o “Daft Janie” o también el “loquito Jamie”. También era un muchacho fuerte y ágil, solamente que rengueaba de una pierna. Era tan bueno y tímido que salía corriendo cuando los chicos lo atormentaban y se burlaban de él, de ahí que confiaba en los adultos que no lo molestaban. Cuando la Sra. Hare lo invitó a que lo acompañara a su casa, lo simuló mansamente. Pronto aparecieron los socios que insistieron en que Jaime tomara una copa; luego, le hicieron repetir. Al sentirse soñoliento lo invitaron a acostarse para descansar. Fue así como Hare se acostó detras de él, Burke se sentó enfrente y el confiado Jaime cerró los ojos y se durmió. Repentinamente Hare le tapó la boca y la nariz; Jaime se resistió con tal ímpetu que ambos cayeron de la cama. Se trabaron en una enconada lucha, en la que la víctima llevaba el mejor partido. Pero Burke lo agarró por detrás y lo hizo caer, sujetándole las manos y los pies hasta que Hare lo  ahogó. Knox pagó por el cuerpo 10 libras esterlinas; una suma que Jaime no había visto en toda su vida.

Mary Paterson, una Venus de la calzada, que había pasado una noche en la comisaría, al día siguiente, se dirigió a una taberna para desayunar con un vaso de whisky. Allí la encontró Burke y la invitó a su domicilio en donde se encontraba su hermano Constantino, un barrendero de la policía. El y su mujer todavía estaban acostados. Burke los hizo levantarse y les señaló que se retirasen. A Mary le preparó un buen desayuno escocés con pan, huevos y arenques. Luego le ofreció una botella de whisky que bebió hasta quedar inconsciente en el camastro, sujetando unas monedas en una de sus manos. A las pocas horas, el cuerpo de Mary Paterson se encontraba en la “Casa del Crimen” de Knox. Los ayudantes de Knox se impresionaron al ver un cuerpo de tanta belleza. Entre el grupo de estudiantes, se encontraba William Fergunson. Años más tarde, este fue el propulsor de la “cirugía conservadora”, cuyo lema era “poder salvar aunque fuese la yema del dedo”. Junto a él estaba Henry Lonsdale que luego sería biógrafo y apologista del Dr. Knox.

La firma Burke & Hare se encontraba preparada para trabajar ese día. Burke se encontraba bebiendo en la taberna “Rymer” mientras catalogaba a los “clientes”. Una pequeña viejita entró pidiendo limosna. Ella venía desde Irlanda en busca de su hijo. El nombre de la anciana era Margorie Campell Docherty. Burke se aproximó a ella, diciéndole que el nombre de su madre también era igual que el suyo, por lo cual debían ser parientes. También le dijo que él la ayudaría a hallar a su hijo. Fue así como la invitó a hospedarse en su casa. Sin embargo, la “posada” estaba ocupada totalmente. En ese momento, se encontraba como huésped un obrero de apellido Gray y su familia, compuesta por su esposa Ana y un hijo.  

Burke les pidió que hicieran lugar para alojar a su “pariente”. Margaret resolvió el problema dándole al matrimonio otra habitación. Así abandonaron la casa, bajo la promesa de volver a la mañana siguiente para el desayuno. La animada viejita bebió, cantó y bailó hasta tarde. Luego de que los huéspedes se retiraron, ella sintió un fuerte grito al que sucedió un frío silencio.

Los Gray llegaron a desayunar y preguntaron por la señora Docherty. A esto, Helen Mc Dougal le respondió que la señora se había mostrado excesivamente amable con su pareja y sumamente bulliciosa, por lo que había decidido echarla a la calle. A esto, Burke añadió: “Bien. Ahora está bastante tranquila”. Como la señora Ana había extraviado las medias de su hijo, se dirigió al dormitorio, que anteriormente habían abandonado, para buscarlas. En ese preciso momento Burke le gritó: “No se acerque allí”. Luego, la apartó más de una vez de la cama y se quedó vigilándola. La familia Gray se quedó intrigada por la misteriosa prohibición. Los dueños no abandonaron la habitación hasta el anochecer. Burke montó una guardia para vigilar que nadie se acercara a la cama mientras él salía a beber una copa; pero los centinelas no cumplieron su misión recomendada y los Gray se quedaron solos. Fue así como Ana descubrió el cadáver de la señora Docherty. Por lo tanto, al matrimonio no le quedó otra salida más que abandonar lo más rápido posible la vivienda. En el momento en el que salían se encontraron con Helen en el pasillo. Ella les ofreció 10 libras esterlinas semanales por su silencio. Los Gray informaron a la comisaría sobre el hallazgo. A las ocho un sargento llegó a la casa y no halló nada de lo que habían denunciado. Lo único que le llamó la atención fueron unas manchas de sangre que Mc Dougal dijo que podían corresponder a su menstruación. Por lo tanto, el sargento no creyó en los dichos de los Gray. Supuso que no habían podido pagar el alquiler y que los Burke los habían echado. No obstante, llevó a los acusados a la comisaría.

Al día siguiente, era domingo y todo Edimburgo estaba dedicado al reposo. Sin embargo, los policías visitaron las habitaciones de la escuela del Dr. Knox que se encontraban vacías; ya que el portero había depositado en el sótano un cajón que había sido entregado la noche anterior “de acuerdo con la norma habitual”. La policía abrió el cajón y reconoció el cadáver de la señora Docherty. Los acusados fueron encarcelados el 24 de diciembre de 1828. Pronto se conoció la noticia que produjo una intensa conmoción en la población que se amotinó. En primer lugar, colgaron de un árbol un muñeco que simulaba ser el doctor Knox y le prendieron fuego. Posteriormente, enfurecidos, se dirigieron al propio domicilio con las mismas intenciones. Por esta razón, Knox se vio obligado a enfrentarse con ellos, defendiendo su propiedad a capa y espada y exponiendo su integridad. Por otro lado, se instituyó el juicio correspondiente. Los representantes de la justicia se preocupaban más por seguir correctamente las reglas del juicio que por conseguir la verdad; quedando los hechos disminuidos bajo la extrema puntillosidad de las ceremonias legales.

Ante todo, el eminente Consejo decidió demostrar a la muchedumbre que hacía oídos sordos a sus gritos de venganza. A pesar de la prolijidad con la que se llevó a cabo el juicio, el fiscal introdujo una cláusula para obtener la verdad. Esta consistía en prometer la absolución del acusado que confesara la verdad; saliendo así beneficiado Hare que, para entonces, había declarado que la sociedad Burke & Hare había cometido 16 asesinatos. Dicha confesión la realizó el 24 de diciembre. Pero el juicio solamente sustanciaba la acusación sobre la señora Docherty; es decir, que no se les juzgó por las otras víctimas, ya que acerca de ellas existía una cuestión técnica. Debido a ello, William Hare, con la promesa de no ser juzgado, y por supuesto condenado, declaró comprometiendo a su socio. Por su parte, Margaret Liard y Helena Mc Dougal salieron libres, sin culpa ni cargo. El único que fue juzgado y condenado fue William Burke quien, ante el peso de la acusación, se declaró culpable. A él se le aplicó con todo rigor el peso la ley ¨para disuadir a otros a cometer crímenes semejantes en todos los tiempos venideros…¨. Seis días antes de su ajusticiamiento, escribió:

“Burke declara que el doctor Knox nunca indujo ni los animó ni les enseñó a matar a persona alguna, ni ninguno de sus ayudantes: el digno caballero Mr. Fergusson fue el único hombre que siempre dijo algo acerca de los cadáveres. Él preguntó dónde habíamos obtenido el de la joven Patterson. Firmado: William Burke, reo Celda de Condenados, 21 de enero de 1829.

Aparte comentó lo siguiente: “Divina Providencia que puso punto final a mi carrera de asesino, no sé hasta dónde pudimos haber llegado, seguramente hasta atacar a las personas en las calles; tal era el éxito, siempre con mercado seguro; cuando entregábamos un cadáver pedían que lleváramos más”.

En la condena a William Bubke reza: “A ser colgado del cuello, a manos del verdugo público, en una horca, hasta que esté muerto, y su cuerpo luego será entregado al doctor Alejandro Monro, profesor de Anatomía de la Universidad de Edimburgo, para ser disecado y atomizado públicamente por este y que Dios todo poderoso tenga piedad de su alma”.

La ejecución se cumplió el 28 de enero de 1829 ante una multitud de 25 000 espectadores que la observaron desde las ventanas que habían alquilado por 10 libras esterlinas. Como la soga era de recorrido corto, el ajusticiado tardó en morir. Sus espasmos llenaron de entusiasmo al vengativo público que exigía justicia.

Monro, que había sustituido a Knox, tuvo que encargarse de disecarlo. De su piel se hicieron monederos y bolsos. También con ella se forró un libro que actualmente se halla en el Museo del Real Colegio de Médicos y Cirujanos de Edimburgo. El esqueleto de Burke fue a parar al Museo de Anatomía de la Universidad de Edimburgo, haciéndole compañía al esqueleto de una de sus víctimas, Jaime “el Bobo”.

La muchedumbre reclamaba también la sentencia de Hare y la del Dr. Knox. El Dr. Robert Knox, desacreditado y expulsado de Edimburgo, se dice que se marchó a Londres, donde terminó ejerciendo nuevamente.

Margaret Liard y Helena Mc Dougal se fueron a vivir a Irlanda y Australia, respectivamente. En tanto, Hare, puesto en libertad y lejos de Edimburgo, trabajó en una fábrica, donde, tras ser reconocido, fue arrojado a un depósito de cal viva, de la que salió vivo pero ciego. Murió acompañado solamente por un perro.

Así es como terminó tristemente la sociedad Burke &Hare y finalizado su comercio indigno llamado de los ¨body snatchers¨ o ¨sack-em-up-men¨; porque ellos eran los que proveían ¨la materia prima¨ conseguida de los cementerios con profanación de las tumbas.

Hasta aquí esta breve y truculenta historia de la Anatomía que hace reflexionar sobre los avatares que las ciencias biológicas han pasado hasta nuestros tiempos en su desarrollo.

Fuentes Bibliográficas consultadas:

-Florián Díaz, M.E. 2017. Panorama histórico de la Anatomía. REDI. Universidad. FASTA. Disponible en: http://redi.ufasta.edu.ar Consulta: 15/04/21.

-Moreno Cubela, F.J.; Calás Torres, J.J.; Fernández Reyes, Katia; Ramos García, A & Vázquez Gutiérrez, Giselle Lucila. 2020. La Anatomía humana en el arte y la historia. Disponible en: V Congreso virtual de Ciencias Morfológicas Morfovirtual 2020. Disponible en: https://cibamanz2020.sld.cu Consulta: 18/4/21.

– de la Hoz Rojas, L. 2016. La Anatomía humana en el arte de Leonardo da Vinci. Medigraphic. Disponible en: https://www.mediagraphic.com Consulta: 18/4/21.

– Colectivo de autores. Reseñas del IX Congreso de Anatomía del cono sur. XXVIII Congreso chileno de anatomía. 29-31 de Octubre de 2007, Talca, Chile. Disponible en: https://scielo.conicyt.cl  Consulta: 17/4/21.

-Floriano, Lisbet.2018. Línea del tiempo. Historia de la Anatomía. Disponible en: https://prezi.com Consulta: 18/4/21.

Un capítulo oscuro en la historia de la Anatomía médica

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