Por: José F. González Curiel

 Silencio deben hacer en un día como hoy los que han justificado por décadas las políticas de enfrentamiento a la Revolución cubana desde el terrorismo, porque ni con el silencio cómplice se queda bien ante aquel brutal atentado contra un avión de Cubana de Aviación en Barbados, hace ya 45 años. Sus hacedores no han tenido castigo justo y sus víctimas no han tenido justicia completa.

Esta negación del más elemental sentido común está amparado en la política venida desde el norte y apoyada por los que han apelado a la antinómica autonegación de sus propias críticas.
Es tendencia que la oposición a la Revolución asuma las mismas posturas que critica para justificar, por más de medio siglo, la suya.

Todos hemos visto en millones de espacios cómo asumen conductas antidemocráticas para justificar la necesidad de más democracia en este archipiélago; asumen la intolerancia ante los que tratan de normalizar las relaciones, violan los derechos de pensar libremente ante aquellos que no piensen como ellos, piden días para matar y así vengar sus muertos, piden arrancar la garganta a los que han cantado al lado de Cuba, niegan los derechos a los que nos visitan, y hasta defienden el terrorismo como forma de lucha contra un supuesto gobierno terrorista.

Siendo así, hay para ellos dos tipos de terrorismo: uno al lado del “mal”, venido de los pueblos que por siglos han sido saqueados y agredidos en el Oriente Medio, América Latina, Asia Central y África, y un «terrorismo bueno»: aquel que gusta de poner bombas en aviones y hoteles, matar líderes de manera selectiva usando drones, financiar levantamientos armados contra gobiernos electos democráticamente, desestabilizar Estados, levantar guarimbas, tirarse fotos con paramilitares, asociarse a narcotraficantes para hacer campañas, y mucho más, cuya descripción no cabe en estas cuartillas.

Procesos investigativos de rigor demostraron quiénes fueron los organizadores y ejecutores que aquel gran crimen. Nadie podrá decir que las autoridades de Barbados, Venezuela y otros especialistas que colaboraron, actuaron influenciados por las doctrinas comunistas. Posada Carriles, Bosch, Freddy Lugo y Hernán Ricardo, la CIA y hasta el propio gobierno norteamericano fueron desenmascarados y enjuiciados; unos jurídicamente y otros moralmente.

Pero el dinero y la política una vez más en la historia abrieron las puertas para liberar de las cárceles a los «terroristas buenos», amparados por otros buenos terroristas asentados en Miami. Y ya todos conocemos las historias seguidas. Las bombas en hoteles de La Habana, la entrada de explosivos a Panamá para asesinar a Fidel Castro en pleno acto masivo en una Universidad, las avionetas de Hermanos al Rescate sobrevolando los edificios de La Habana, la entrada a Cuba de equipos de infiltración con armas y explosivos, los atentados en nuestras sedes diplomáticas. Una historia sin fin.

Los ejecutores confesos, que ante las cámaras han explicado de dónde viene todo, fueron y siguen siendo defendidos en Miami y se han paseado libremente por las calles norteamericanas o de países aliados. El colmo de los colmos: Posada Carriles fue procesado en Estados Unidos luego de su indulto por el gobierno de Mireya Moscoso en Panamá, en su último día como presidenta -detalle que habla por sí solo- y fue encontrado culpable, únicamente, de entrada ilegal, sin otra acusación.

Como dice el viejo refrán, no hay peor ciego que el que no quiere ver, porque muchos otros ojos certificados para hacer justicia lo han encontrado culpable, no solo en Venezuela cuando no era chavista y en Panamá cuando el gobierno de Moscoso.

Al fin la historia no ha terminado de hacer justicia. La hace de manera progresiva cuando no permite que los intereses de los “buenos terroristas” que hacen el «terrorismo bueno» logren sus sueños; la hace cuando el proyecto cubano colectivista no se derrumba, cuando uno de sus profesionales pone su mano en cualquier parte del mundo para curar un enfermo o enseñar un amigo; cuando se le pone la pañoleta a un niño que iniciará sus estudios, cuando en una consulta cualquiera se cura un enfermo, cuando una persona, sea de donde sea, se pasea tranquila por una calle cualquiera de esta tierra, cuando cientos de amigos aplauden la manera que tenemos de decir en cualquier espacio lo que otros por tantas razones no pueden decir al mundo; la hace cuando los “buenos terroristas” ven frustradas sus aspiraciones de hacer desaparecer la Revolución y no logran eficiencia en sus tácticas.

La constante rectificación de esta historia en revolución es la más clara y radica justicia contra aquellos que han apelado por años al terrorismo como forma de enfrentar la obra de todo un pueblo. Lo hacemos para que nunca más se asesine en tierra cubana a sus hijos, como se hizo desde la llegada de Colón hasta la época de Batista, y eso está logrado ya, como la mejor manera de honrar a las víctimas del terrorismo contra Cuba.

¿Terroristas buenos, los buenos terroristas?

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