Por: Arturo Manuel Arias. Profesor de Derecho en la UNISS

 Una vez más, la consagración de la primavera nos trenza memorables fechas en el ámbito cultural cubano.

Se nos echa encima el miércoles 31 de marzo, Día del Libro Cubano, celebración de otro aniversario de la fundación, en 1959, de la Imprenta Nacional de Cuba, popular editorial nacida poco después del triunfo revolucionario de Enero, a cuya cabeza nombraron a un intelectual ilustre de las bellas letras nacionales, no por pura casualidad; hoy, aquella, trasmutada en numerosos congéneres nacionales, con cierto abandono del papel, por una u otra causa, multiforme en soporte digital o libro electrónico, lo cierto es que las obras literarias, científicas y de todo tipo, no han cesado de publicarse, impresas en uno y otro formatos, y yacen en bibliotecas públicas o privadas, en repositorios universitarios e institucionales digitales, o en computadoras personales, en número abrumador, para solaz de lectores o vergüenza de maníacos de telefonía celular.

Viene ese día no muy lejos de otros dos, dignos también de recordación: uno, pisándole las horas, el 30 de marzo, pero del año 1615, cuando fue concedida la autorización a Cervantes para la publicación de la segunda parte de su Quijote y, otro, días después, el 23 de abril de 1616, muerte de su autor, fecha luctuosa rediviva, como Día del Idioma Español, en su memoria.

Así pues, en esta rememoración es válido recordar que aquella primera obra publicada por la Imprenta Nacional de Cuba fue nada menos que El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, cuatro tomos en papel gaceta (¡los conservo todavía!), edición de precio irrisorio, destinada a llegar a miles de lectores y que, el ilustre director de tal empresa cultural, lo fue Alejo Carpentier Valmont (1904-1980), escritor del realismo mágico, con toda razón Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, entregado al laureado por el monarca español Juan Carlos I, de Borbón, el 23 de abril de 1977. 

¡Oh, cómo se anudan los hechos antológicos en los equinoccios de primavera, cuando el sol corta el ecuador terrestre!

Fue el propio Carpentier quien, de consuno con el filósofo francés Jean Paul Sartre (1905-1980), sostuvo que el quehacer literario se teje sobre contextos de todo tipo y, bajo este sino, arrastrado por el derrotero de mi medianía intelectual pero magisterial, me atreví a zurcir un entramado literario cervantino con normas jurídicas de valía histórica, todo ello enrumbado en la atracción e ilustración de los estudiantes de la carrera en temas seculares del Derecho, pero imprescindibles para el jurista que se ufane de poseer una cultura jurídica y universal plausible, como la que atesoraron Céspedes, Agramonte, Martí, Villena y Fidel.

Así, fueron publicadas por la Editorial Universitaria del Ministerio de Educación Superior, en soporte digital, mis libros titulados Quijote y Derecho, ley en ristre (en 2013; ISBN 978-959-16-2186-3) e Ideales justicieros de Quijote en el tiempo y el espacio (en 2019; ISBN 978-959-16-4378-0, en coautoría con las profesoras Gladys Antonia Abréu Hernández y María Ofelia Álvarez Abréu).

En el primero de ellos, reproduzco fragmentos textuales de la célebre novela cervantina y, auxiliado en el juego del trivio, invito a los alumnos a encontrar la respuesta acertada en su proyección histórica concreta del Derecho; si no la conoce, puede el interesado consultar las soluciones pertinentes.

Ilustro con un ejemplo.

Alonso Quijano se arma caballero

Se aprestaba Alonso Quijano como Don Quijote de la Mancha, a su primera salida.

El recién estrenado caballero andante, nos narra Cervantes, Don Quijote, caminó aquel día tanto sin acontecerle cosa alguna hasta que descubrió una venta, la que tomó como castillo, para remediar su fatiga y hambre. Luego, hincado de rodillas ante el ventero, le solicitó el don de armarlo caballero. El socarrón ventero barruntando la locura del huésped y las desgracias que había provocado en su venta, determinó darle la orden de caballería.

 Para tal propósito trajo “un libro donde asentaba la paja y la cebada que daba a los harrieros” y finge la lectura del correspondiente ritual, y “en mitad de la leyenda alzó la mano y dióle sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como rezaba”. (Primera Parte, Capítulo III).

 A pesar del embuste en la investidura como caballero de Don Quijote, un texto legal medieval, de entre los siguientes, regulaba la vida de los caballeros andantes:

  1. a) el Espejo de Sajonia.
  2. b) el Libro del Día del Juicio Final.
  3. c) las Partidas alfonsinas.

En el segundo de los textos, los autores hacen viajar a través del tiempo al Caballero de la Triste Figura acompañado de su sempiterno alter ego, Sancho Panza; tras el fortuito hallazgo de una máquina de viajes por la llamada cuarta dimensión, signados por tal suerte, incursionan con los hombres de las cavernas, la esclavitud mesopotámica, la cultura musulmana, la Castilla de Alfonso X, el Sabio y sus Partidas y los incidentes criollos recreados en el poema Espejo de Paciencia; todo ello sazonado con cierto humor y la legalidad de los momentos históricos narrados.

Pero, ¿cuál es el resultado de mis afanes por despertar el interés en mis alumnos por la lectura literaria conjugada con cuerpos jurídicos trascendentes en la historia del Derecho?

Solo cosecha de frutos amargos; baste decir que, a pesar de la gratuidad de los materiales digitales ofrecidos, en su acceso libre en la Biblioteca virtual del MES (en el repositorio de la Uniss solo se halla el primero de los títulos, no sé por qué razón no se registra el segundo en sus fondos), sus lectores no abundan: ¡no me leen ni parientes ni arientes,  ni colegas docentes ni profesionales del Derecho, y por supuesto, muy pocos de los destinatarios principales del producto cultural, los estudiantes de la carrera, cuya cifra de lectores no supera los primeros cinco dígitos, a pesar del nivel cultural que poseen, formalmente acreditado en certificaciones académicas, pero inexistente tras sus huesos frontales, al extremo que ni siquiera han leído el Quijote, como he podido comprobar!

¿Qué alienta, entonces, al autor en sus empeños de elevar el interés por la lectura entre aquellos, si a los lamentos acotados, puede añadir el misérrimo ingreso pecuniario que ha percibido, factor a descartar como estímulo de perseverancia?

La respuesta es: su terquedad genética en pulsar un teclado digital, en primer lugar, para sublimar su instinto de escritor de segundo o tercer orden; en segundo, el advenimiento de un lector o, mejor, de lectores interesados en su lectura.

Sigo a la espera, aunque, como dijo Cervantes, cuatro días antes de morir, el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan: el primero, para mí, ya se encuentra en conteo regresivo.

No obstante, por todo lo que entraña, celebremos regocijados, el Día del Libro Cubano.

 

Don Quijote, el Derecho y los libros cubanos

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