Por: Guillermo Luna Castro. Profesor de Historia de Cuba en la UNISS. Editor de «Historiadores espirituanos»
 
Martí rema en la proa, seguido de Cesar; luego en el medio Ángel y Marcos y al final Borrero y Gómez que cierra. La noche es tenebrosa, tan oscura que con la lluvia que arrecia, parece manto que acoge: seis hombres inexpertos que tratan de dirigir el bote, se parte el timón, y no hay referencia, pero a la primera se sigue a ese punto, porque es mejor toparse españoles que el mar les ahogue; reman con ímpetu, agitados, apretando con furia la tabla propulsora para que arranque metros al agua, después la naturaleza los premia y sale por oriente la luna roja, para que puedan ver el contorno de la tierra, lo que acrecienta la decisión de llegar e impulsar más el bote con pasión tremenda; para chocar contra el pedrusco afilado, por allí no se puede: al lado la Playita, que los invita a su aposento.
 
No pierden tiempo, descargan todo rápido, Martí el último; y se echan a los hombros la enorme carga –Gómez dijo: yo vi a Martí “sin quejarse ni doblarse”-. Eso fue el 11-04-1895, pero el viaje que traería al Apóstol de la revolución y al más brillante de todos los militares que ha tenido Cuba, junto a Francisco Borrero, Ángel Guerra, César Salas y Marcos del Rosario duró diez días.
 
Primero lo intentaron comprando la goleta Brothers, y rumbo a Cuba los traicionaron los marineros y después; haciendo el recorrido inverso en el vapor Nordstrand, yendo hasta Cabo Haitiano, regresando a Gran Inagua, donde compraron el bote en que llegaron y de allí, frente a las costas cubanas pero a una distancia de unos cinco kilómetros, desembarcaron.
 
Había llegado Martí a su plena naturaleza y Gómez a ocupar su lugar en la tierra que temblaba de goce.
Cuando la tierra cubana tembló

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