Autor: Yaney Rodríguez. Presidenta de la Cátedra Honorífica “Estudio del pensamiento y la obra de Fidel Castro” de la UNISS

Fidel Castro fue hijo de una tradición que es fundamental dentro de la historia del pensamiento revolucionario cubano: la corriente radical, al igual que sus antecesores, fue por encima de las respuestas políticas que parecían posibles frente a los conflictos de su tiempo y sus circunstancias; partió también de la práctica revolucionaria, pero al mismo tiempo fue presentando y elaborando un pensamiento excepcional, que lo fue llevando a ocupar un lugar cimero en la historia cubana, junto a su maestro José Martí.

A partir de su prédica y su práctica revolucionaria, Fidel legó a las nuevas generaciones la convicción de que el mañana se construye hoy, que no hay tiempo para el descanso cuando se deciden los destinos de la patria.

Fidel nunca se quedó conviviendo con la derrota, sino que peleó sin cesar contra ella, y la historia recoge muchos ejemplos; sin embargo, es necesario destacar cinco momentos importantes en su vida en los que esto sucedió: 1953, 1956, 1970, el Proceso de rectificación y la Batalla de ideas. En 1953 respondió a la derrota del Moncada con un análisis acertado de la situación, para guiar la acción, y un apego a los fines mediatos para mantener la moral de combate, en su histórico alegato La Historia me Absolverá. Cuando todos creían que era un iluso, se reveló como un verdadero visionario partiendo de lo imposible y de lo impensable, y convirtiéndolo en posibilidades mediante la práctica consciente y organizada y el pensamiento crítico, y la aplicación creadora del marxismo.

En 1956, frente al desastre del Granma, respondió con una formidable determinación personal y una fe inextinguible en mantener siempre la lucha elegida, porque él sabía que era la vía acertada.  En 1970 comprobó que lograr el despegue económico del país era extremadamente difícil y tardaría mucho más de lo pensado, pero entonces apeló a los protagonistas, mediante una consigna revolucionaria: “el poder del pueblo, ese sí es poder”.

En 1985 fue prácticamente el primero que se dio cuenta de lo que iba a suceder en la URSS, y las consecuencias que traería para Cuba; pero su respuesta fue ratificar que el Socialismo es la única solución para los pueblos. Entonces movilizó al pueblo y acendró su conciencia, y sostuvo firmemente el poder revolucionario. En el 2000, ante la ofensiva mundial capitalista y los retrocesos internos de la Revolución cubana en su lucha para sobrevivir, lanzó y protagonizó la Batalla de ideas, con sus acciones en defensa de la justicia social, la movilización popular permanente y la exaltación del papel de la conciencia.

El Comandante tenía la convicción de que era necesario sostener la lucha en todas las situaciones, cualesquiera que fuesen; para él organizar todo lo que hay que hacer fue una constante, unido a la comunicación permanente con el pueblo, pues para triunfar en cada tarea, esto es  de importancia vital. Esta es una de las dimensiones fundamentales de la grandeza de Fidel, y es uno de los rasgos básicos de su liderazgo.

Fidel considera que la educación es un elemento fundamental para que el ser humano se levante por encima de sus necesidades y sus preferencias más inmediatas, y se vuelva capaz de actuar con propósitos cada vez más elevados y de albergar motivaciones y virtudes correspondientes a ellos. Solo de ese modo crecerán los valores individuales y colectivos en la sociedad socialista, como modelo de nueva sociedad.

Nos enseñó que el centro y la victoria del trabajo político está en la capacidad de elevar espiritual y moralmente al pueblo, y convertirlo en participante consciente del proceso liberador, fortaleciendo las nuevas formas de poder popular creadas desde los inicios de la Revolución. Ese legado también resulta muy necesario hoy, cuando el capitalismo enarbola su democracia desprestigiada, corrupta y controlada directamente por oligarquías, y les exige a los gobernantes tímidos y a los opositores respetuosos, que se atengan a sus reglas como a artículos de fe, una actitud que sería suicida, porque esas reglas están hechas para conservar el sistema de dominación capitalista.

Hay que aprovechar la cantidad enorme de maravillosas historias humanas de Fidel, ese es un regalo invaluable. Pero no podemos quedarnos ahí: hay que rescatarlo completo, no podemos quedarnos solamente con el legado de su pensamiento, ni con la impresionante suma de su actuación pública. No olvidemos nunca al ser humano altruista que lo compartió todo con su pueblo y con los pueblos del mundo, al individuo preocupado por cada persona con la que hablaba o le planteaba un problema, o por los compañeros que colaboraban directamente con él.

Mil facetas podrían ser evocadas. La vida de Fidel es imposible de encuadrar. Y que su idea martiana de que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz, es una lección para que aprendamos a identificar bien su verdadera grandeza.

Fidel Castro: un líder para todos los tiempos